Una tarde cualquiera, náufragos por las avenidas de la ciudad, el ruido de un automóvil, o la imagen de una pareja deseándose exageradamente en un banco público, nos devuelve del silencio y nos reclama. Tanto las estrategias adoptadas como los manuales aprendidos para sobrevivir, adquieren un nuevo contenido, al que no es ajena la copa de brandy que nos bebemos acodados en el borde de cristal viendo pasar algo tan extraño como la vida. O la música de los bares.
El silencio de años, el acohol de caña, el amor de noches, la felicísima tristeza de no ser cómplices con lo que sucede, el ruido de la sorpresa, el deseo aún posible, son los ropajes de la representación. Finalmente también las palabras.